sábado, 21 de octubre de 2006

De regreso

El ser -a quien sin dudas podemos llamar divinidad- descendió del interminable patíbulo. Observó una vez más la herida en su abdomen, en el costado. Sintió que los músculos de su cuerpo se desentumecían: llevaba largo tiempo sin caminar. Siguiendo el mandato de quien lo había salvado, construyó un brazalete con la piedra del lugar y se lo colocó en la muñeca izquierda.

Luego observó en derredor la soledad absoluta. Estaba, se dijo, literalmente, en el último extremo del mundo. Ya había cumplido su misión, ya no le quedaba qué hacer en esta tierra. Comenzó a arrastrarse penosamente por la roca desierta. Reflexionaba. Se había entregado por los hombres, por ellos había enfrentado a los poderes, y ahora ellos no estaban y él se hallaba profundamente solo.

El hombre que lo rescató -aunque quizás no fuera un hombre, pensaba- se había alejado demasiado rápido. Pasó por allí como si cumpliera un trámite, como si estuviese apresurado por obedecer algún mandamiento. Ahora casi ni recordaba su rostro; aunque tal vez si volviera a verlo… El problema era que hasta unas horas antes, mientras era prisionero de su destino, tenía un objetivo, una misión, su existencia tenía un sentido. Ahora, ¿valía la pena irse, buscar algo, huir? ¿Buscar qué, huir de qué? ¿Irse adónde, si el mundo de los hombres no reservaba ningún sitio para él?

Un ruido extraño le llegó desde algún punto remoto. Con su mano cansada se alejó los cabellos de la cara, carcomida por esa barba ajada e informe, maloliente, y alzó los ojos al cielo, buscando al único ser del universo que –él lo sabía– podía rescatarlo de su soledad. Pero no vio nada, excepto un cielo absoluto que destilaba indiferencia. Pensó en su naturaleza, masculló algunas palabras, y sintió algo que nunca había experimentado, ni en la peor de sus horas previas: envidió a los hombres. Deseó poder morirse, cansado, abrumado de tanta existencia. Recordó una vez más la incertidumbre acerca de su origen, si era el vástago de una larga familia o si vivía desde antes de la tierra y el tiempo; recordó que nunca lo había sabido, que sus memorias eran como una pared agrietada.

Caminó durante horas. Desencadenarme fue una esperanza, pensó, pero no hay peor castigo que esta libertad. Miraba el cielo cada vez más seguido, aguardaba la llegada de su propio redentor. Pero no había señales. Cada tanto, como preparándose, se palpaba la herida del abdomen, en el costado.

Vio el carro de Helios encarar su caída final. Pensó en la ingratitud de su destino: primero darse por la humanidad, luego ser objeto de uno de los necesarios oficios de un desconocido, finalmente quedarse solo en una suerte de limbo cuya materia era la nada. Se sintió una víctima de las divinidades superiores, como las hojas que arrastraba el viento, ese viento que refrescaba, que se preparaba para la noche terrible, en la que el futuro era negro y para colmo, ahora, desconocido.

Hasta que de pronto, lo oyó. Era él. Su sonido inconfundible, su alarido tenaz y fatal. Lo observó en el cielo, primero como una mancha, luego las alas extendidas y esos ojos voraces que se acercaban. Se hipnotizaron mutuamente, ambos parecieron sonreír, si es que a alguno le estaba dada esa posibilidad. El águila dibujó unos círculos en el cielo, rodeándolo, preparándolo, redactando en el aire ese preludio sordo. La divinidad se arrodilló, fue más hombre que nunca antes, volvió a sentir que estaba vivo, que todo tenía algún sentido, que la visita de su viejo compañero justificaba su existencia y también la del pájaro rapaz. El pájaro decidió terminar los exordios y dirigirse hacia su presa, como si dijera por fin, expresando con esos ojos negros tan conocidos la satisfacción de haberlo encontrado. Ya no en lo alto de la montaña, pero no importaba; estaban juntos una vez más. Prometeo exhibió su costado y cuando el águila lo alcanzó, lanzó un chillido que, a diferencia de todos los anteriores, fue de satisfacción.

2003

1 comentario:

RAEL dijo...

leerlo así, amigo, siempre es un placer.