jueves, 29 de mayo de 2008

Dominios

Hoy termina la subasta por el dominio de internet America.com. Según las informaciones que leí por ahí, su precio estimado estaba entre 3 y 7 millones de dólares, aunque muchos afirmaban que podía superar el récord del dominio Sex.com, que se vendió años atrás en más de 12 millones de los verdes.

Más allá de quién se quede con esa dirección, dato que poco alterará mi vida, la noticia me recordó un cuento breve que leí hace unos meses. Se llama "El dominio" y es de Fernando Iwasaki, escritor peruano a quien entrevisté para la Revista Teína. Como lo hace la buena literatura, leer este cuento sí me alteró la vida: la hizo un poco más agradable.

Aquí lo comparto: El dominio.

Cuando descubrí que el dominio www.infierno.com no estaba registrado, pensé que había cometido algún error. Sin embargo, al teclear de nuevo la dirección comprobé que era verdad: no le pertenecía a nadie. Y así, por una suma insignificante me hice con el dominio del infierno.

No había terminado de crear los contenidos del infierno cuando ya la página tenía cientos de miles de visitas y un número semejante de solicitudes de correos electrónicos con el nombre del usuario más @infierno.com. En menos de una semana las multinacionales más poderosas me ofrecieron su publicidad y miles de portales de todo el mundo crearon enlaces directos con mi web, que según los mejores buscadores ya era uno de los diez sitios más visitados del ciberespacio. En medio de aquella orgía de éxitos recibí una oferta millonaria por mi página y la vendí sin pestañear, porque el dinero me interesaba mucho más que el dominio del infierno.

Desde que hice aquel negocio no he dejado de viajar y de gozar por todos mis orificios, pero he entrado al cibercafé de un hotel caribeño para visitar el infierno y el programa me dice que esa dirección no existe. Tecleo de nuevo www.infierno.com y la respuesta es la misma. Muerto de risa vuelvo a solicitar el dominio del infierno, preguntándome si la página la habrían comprado los jesuitas o los del Opus. No obstante, al día siguiente recibí un correo que me dejó perplejo: "Estimado cliente, de acuerdo con nuestros archivos su alma ya forma parte de nuestra base de datos. Reciba un cordial saludo".

El nombre del remitente era inverosímil.


Del libro Ajuar funerario, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2004, pp. 108-109.

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